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¿Cómo “hacer” mejor el amor?
 
Hoy se habla mucho de amores pero poco de “hacer” el amor en su verdadero sentido. ¿A qué nos referimos? Hoy hay una confusión de conceptos en cuanto a esto. Por eso hay que volver a describir el verdadero significado, aunque sea una cuestión difícil de conseguir. Hay que recuperar el término en su sentido teórico y práctico, y sobre todo, volver a descubrirlo en nuestra vida. Se identifica amor con sexo y la realidad es que en muchas relaciones sexuales el mayor ausente es el amor. Lo llamamos “hacer el amor” pero a veces, no es el sexo justamente el mejor camino para hacer EL AMOR.
Podemos hablar mucho sobre el amor, pero lo difícil es vivirlo. Somos expertos en amor en el momento de las teorías y los versos, en palabras y “chamullo”, pero del amor práctico de la vida cotidiana, estamos muy lejos.
Es imposible hablar de verdadero amor y quedarnos solo en la teoría. Si pensamos por un momento en Jesús, El no sólo dijo amar sino que murió por amor. Al verdadero amor se traduce en acciones que demuestran el amor. No es solamente decir lo que uno siente, es demostrar con hechos que uno ama. Es buscar que, a través de mis HECHOS, alcance el bien y el crecimiento del otro.
El verdadero amor tiene dos caras que siempre van juntas y que una sin la otra sería insuficiente: por un lado la expresión verbal del amor y por el otro el hecho demostrativo de tal amor. Cuando el apóstol Pablo habla en 1º de Corintios 13 sobre el amor, expresa muy bien este principio al decir que puedo tener todos los “super dones”, hacer los “super milagros”, hablar las “super revelaciones”, entender lo más profundo de La Palabra, pero sino tengo amor, seré un “blef”, un careta, un hombre de doble ánimo, algo vacío, en definitiva el apóstol Pablo dice “NADA SOY”, ¿Fuerte no? Lo que Pablo intenta decirte es que para ser alguien, lo primero que tenés que desarrollar (antes de los súper dones) es la capacidad de vivir expresando y demostrando el amor.

El amor es una habilidad que se aprende, que se desarrolla con el otro. No se nace sabiendo amar, se nace con la capacidad para amar y con la necesidad de ser amado. Así como cualquier otra habilidad, por ejemplo la de tocar un instrumento musical, se debe desarrollar con la práctica, el ensayo, estudiando y permitiéndote equivocarte. El demostrar amor a otros y a la vez él sentirte amado por el otro, es el resultado de la práctica, de estar haciendo bien mi tarea, de que estoy en un lugar donde los demás ven y sienten mi amor y a la vez ellos me devuelven ese estilo de amor.
Fijate que interesante cuando Jesús dice que toda ley (la Biblia) podría resumirse en dos ideas y en ambas usa la palabra amor como centro; “amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente”, y el segundo es similar a este “amarás a tu prójimo como a ti mismo.” Al hablar del amor al otro, Jesús, pone como regla o trabajo previo dos cosas muy importantes: amar a Dios y amarse a uno mismo. ¡Esto es la clave del amor verdadero!
La mejor forma de “hacer el amor” es cuando uno ama a Dios y se ama a sí mismo. Y cuando esta clase de amor se instala en nuestro corazón, fluye NATURALMENTE hacia otros. Y no hablo de esa clase de amor que anda dando besitos por todos lados, sino aquel amor que también pone límites, que sabe defenderse, que no deja lo que pisoteen, que sabe defender una idea, que actúa según prioridades y valores, que no hace las cosas bajo el dominio del miedo o del “¿que dirán?” No el “amor” que te esclaviza, sino aquel que te hace verdaderamente libre. Una vez le pregunte a un joven de mi iglesia “¿Por qué te cuidas de no pecar?” Y él me contesto “porque Dios se enoja”. Fijate que concepto tan errado; en ves de centrarse en el amor a Dios, se centra en el miedo al castigo de Dios. Es que podemos hacer las mismas cosas y basarnos en conceptos totalmente distintos, podemos vivir un evangelio centrado en el miedo u otro, el verdadero, desfrutando del AMOR de Dios y su libertad.
Como te decía, Dios centra toda su verdad, todo su evangelio en EL AMOR. El amor a Dios, el amor a uno mismo y la expresión de ese amor en el otro. Estos tres condimentos son de formula DIVINA e irremplazable.
Permitime hacer un poquito de hincapié en la parte de amarte a ti mismo. Normalmente definimos a este grado de amor por uno mismo como “autoestima” que es “El grado de valoración de sí mismo”.
Si me piden que prediga el comportamiento de una persona en tantas situaciones como le sea posible y solo puedo preguntar una sola cosa, con saber la puntuación de su autoestima me bastaría para suponer el resto de las conductas es su vida.
Se ha descubierto que el grado en que nos sentimos cómodos con nosotros mismos está relacionado con tantas otras áreas del funcionamiento personal que, en su mayor parte, los investigadores han perdido interés por estudiar la autoestima en si misma y han vuelto su atención hacia la investigación de áreas más específicas afectadas directamente por un pobre concepto de una mismo.
La autoestima está relacionada con la adaptación al entorno, quienes tienen autoestima alta presentan niveles altos de adaptación social que quienes tienen autoestima baja.
La gente con adecuada autoestima es menos ansiosa en una variedad de situaciones, y son menos propensos a ser deprimidos, irritables o agresivos.
Las personas que tienen autoestima baja son más propensas a tener sentimientos de resentimiento, enajenación e infelicidad. Las que tienen autoestima baja también son más propensas a experimentar insomnio y síntomas psicosomáticos.
“Es bastante improbable disfrutar de una pareja adecuada, lograr éxito en un trabajo o proyecto sin un mínimo de autoestima. Nuestra autoestima es especialmente propensa a mostrarse en nuestras relaciones con otras personas”, dice el material de No más violencia que utilizamos para dar clases en los colegios dentro del marco de la campaña “no más violencia va a la escuela”.
Las personas que se sienten bien consigo mismas tienen tendencia a que los demás les caigan bien y aceptar sus flaquezas. A causa de sus sentimientos genuinamente positivos hacia los demás y la aceptación de los demás, estas personas tienden a resaltar lo mejor en quienes los rodean. Un cliché que contiene más que un vislumbre de verdad es que “una persona que se siente bien consigo misma hace que las otras personas se sientan bien consigo mismas”.
El amarse y el amar a otros no es cuestión de sentir o no sentir, “hoy no siento amarte”… es cuestión de proponérselo. El mandato de Jesús es: “amaos los unos a los otros”. Por supuesto que este mandato de Jesús no implica andar de mil amores con aquellos que a propósito buscan hacerte mal, sino que se refiere a la verdadera expresión del amor; un amor que, como te dije antes, también pone límites, que se defiende, que da sin esperar recibir, que se entrega y cuida donde lo hace. El amor humano es un sentimiento de aprobación, de afirmación del otro. Es en primer lugar darle crédito, creerle al otro, permitirle con mi aceptación el desarrollo de lo mejor de él. Amar a alguien es darle lo mejor de uno.
Es importante ver que, donde hay amor están presentes:
1. Seguridad y protección. Es la característica que disfrutamos en un amor de amigos “en todo tiempo ama el amigo y es como un hermano en tiempos de angustia”. Las relaciones basadas en amor verdadero ofrecen a quienes están involucrados en ellas, la oportunidad de ser quien realmente es, no tener que fingir ser alguien por miedo al desplante o a la crítica. Poder cambiar y expresarme en la libertad de que no perderé la relación, estar seguro que el otro me quiere tal cual soy y que me proporcionará un ambiente de cuidado y protección de mi intimidad.
2. Estímulo. Una relación de amor, nos estimula a ver que no estamos solos en el mundo. Cuando amo, soy estímulo para el otro y le hago sentir que contará conmigo en tiempos adversos y de bonanza. Cuando uno estimula al otro lo desafía a crecer, a veces hasta superarlo, porque el que ama utiliza sus capacidades y habilidades para levantar al otro por encima de uno mismo. La clave del estimulo reside en descubrir las virtudes y habilidades del otro y edificarlo sobre esas cualidades. Para que esto se de, es necesario una correcta valoración de mí mismo y no ver al toro como mi competidor, sino como parte de “un mismo cuerpo”.
Debemos buscar lo mejor dentro del otro. Buscar y hacer aparecer lo mejor que hay dentro del otro, creer en el otro hasta que este crea en sí mismo y pueda demostrar sus grandezas.
3. Sentido de pertenencia. Sentirse amado es sentir que se pertenece a algo. No sentirse excluido o rechazado, sí, quizás, corregido y confrontado, pero siempre proporcionando un sentirse incluido en el mundo interior del que me ama.
Nos hace sentir bien el ver que alguien me abrió su mundo interior para hacerme parte del mismo. Es muy confortable pertenecer a algo. Habiendo recibido los beneficios de la pertenencia, desearemos ayudar a otros a sentirse incluidos.
4. Fidelidad. El Señor desestima el corazón dividido, aquel que tiene doble ánimo. El Señor nos llama a ser fiel con lo que amamos. Ser fiel en el noviazgo, ser fiel en el matrimonio, ser fiel en las relaciones de amistad. El Señor Jesús fue el sumo exponente de la fidelidad “porque fiel es el que prometió” Hechos 10.23, 2 Timoteo 2.13.
La naturaleza del amor de Dios es fidelidad y nosotros como su pueblo somos parte de esa naturaleza. Romanos 8.35.

Como cristianos, debemos aprender a “hacer el amor”, y en este jueguito de palabras que a propósito uso, busco desafiarte a que utilices cada experiencia que Dios te permite vivir para aprender, desarrollar y “hacer” (pasar a actos) un amor tal que IMPACTE e INFLUENCIA a esta sociedad, y más específicamente a tus amigos y contactos. Desafiarte a que no te quedes en teorías y palabras, sino que por medio de tus hechos los demás crean y sean bendecidos.
Termino diciéndote que la clave que Jesús nos dejo para demostrar que somos sus seguidores es: “y conocerán que sois mis discípulos cuando os améis los unos a los otros”, no es cuestión de decirlo, hay que vivirlo.